"Mamá, quiero ser tertuliano"
Por aquel entonces, cuando el voraz deseo de ser tertuliano de mayor se adueñaba de mis infantiles e ilusionadas entrañas, no sabía cómo se llamaban esas personas que salían en la televisión o que se escondían en la radio y que hablaban sobre todo. Busqué en el diccionario una entrada que se correspondiera con esa definición, pero no la encontré (tampoco pasé de la “a”). ¿Carecería el rico vocabulario español de una palabra para esos sabios? Y en esa reflexión me di cuenta de lo que casi seguro eran. Sabios. Pronunciaba la palabra, sabios, y me quedaba con la boca abierta, saaaaabiooooos, personas que hablaban sobre todo con tanta seguridad solo podían ser una cosa: sabios (léase saaaaabiooooos), sabios de luengas barbas blancas y túnicas celestiales. Luego descubrí que no se les llamaba sabios, sino tertulianos, y que no era imperativo la túnica blanca en sus indumentarias ni la luenga barba blanca en sus rostros, aunque se agradecía y favorecía la pose en las fotografías tono sepia. No se les llamaba sabios, pero ya no me importaba, tenía claro lo que quería ser cuando fuera mayor, lo había decidido y así se lo dije a mi madre, de la misma manera en que Concha Velasco se lo hubiera dicho a la suya: “Mamá, quiero ser tertuliano”. Mi madre, con los ojos llenos de lágrimas, me dijo: “Culoveoculoquiero”. Y con un trapo de cocina se limpió las lágrimas que por la mejilla le caían y siguió pelando cebollas.
“Culoveoculoquiero” es la primera de las características que mi madre resaltaría de su hijo (o sea, de mí). El culoveoculoquiero como ejemplo de encapricharse rápidamente de algo para luego desencapricharse con similar velocidad. Pero aquella vez era distinto, tenía que demostrar mi fuerza de voluntad, tenía que demostrar al mundo entero (o por lo menos a mi madre) que realmente quería ser tertuliano y que tenía capacidad de sobra para alcanzar mi meta. ¿La tenía?

Cada día espero sus llamadas
Hice una lista con mis características para comprobar si coincidían o al menos se aproximaban a las que yo creía que un buen tertuliano debía tener.a) Gran capacidad para opinar sobre todo. Cumplido.
Que mi madre hacía cocido, pues yo decía “ese cocido es una mierda”. Al principio, se opina sobre cosas concretas, luego ya sobre conceptos más generales. Así pues, al principio decía “ese cocido es una mierda”, pero más adelante ya me aventuraba a afirmar que “los garbanzos son una mierda”. Véase el salto cualitativo que hay de decir “ese cocido es una mierda”, ese cocido y no otro, a decir “los garbanzos”, así en general, “son una mierda”.
b) Opinión cambiante. Más que cumplida. El arte de donde dije Diego, digo digo, sin ruborizarse lo más mínimo, y llamar a ese proceso evolución, nunca cambio. Ahora, por ejemplo, adoro el cocido de mi madre y los garbanzos en todas sus expresiones culinarias. ¿Cómo puede alguien pensar que a mí no me hayan gustado alguna vez los garbanzos?
c) Gran capacidad para la réplica. Cumplidísima.
Ej. de réplica.
X: Un año tiene 365 días y un cuarto, por eso cada cuatro años sumamos un día más y se llama año bisiesto.
TERTULIANO EN CIERNES (TEC): Porque tú lo digas.
Y así crecí, mejorando el arte de la réplica hasta que alcancé un grado superior con mis primeros vellos púberes: la contrarréplica.
Ej. de contrarréplica.
X: Un año tiene 365 días y un cuarto, por eso cada cuatro años sumamos un día más y se llama año bisiesto.
TEC: Porque tú lo digas.
X: Que sí, de verdad.
TEC: Y tú qué sabrás, anda, déjame en paz.
¡Enhorabuena a mí mismo! Cumplía esos tres requisitos, suficientes para considerarme ya un auténtico tertuliano en ciernes.
Era quizá en la disciplina de la réplica donde más cómodo me sentía. De hecho, sí, lo reconozco, fui el inventor del rebotarebotaytuculoexplota (asítodoseguidoysinrespirar), expresión que ha triunfado al paso del tiempo y de las generaciones. Y la he cedido a la Humanidad, así, gratis, sin recibir ni un solo euro por los derechos de autor. Aunque he de sincerarme y reconocer que también fui inventor del menos exitoso “atontado, aguarrado y acerdado”, expresión que no caló en la sociedad y que se quedó sin pasar al acervo popular, aunque triunfó con gran regocijo, alborozo y sonrisas sinceras en el ámbito familiar, donde dicho sea de paso, nunca se habló catalán, y mira que nos hubiera gustado a todos haber coreado los goles de Cruyff, Kubala y Romario en versión original, sin doblajes, que los goles cantados en su lengua vernácula son más bonitos.
Antes, un tertuliano en ciernes. Ahora, el mismo tertuliano en ciernes.
Desde entonces he esperado una llamada de Mari Tere, de Ana Rosa, de Federico, de Cesitar, de Curry (para cuándo señores y señoras de TeleMadrid ese programa llamado Sabor a Curry, la ciudadanía lo pide a gritos) y nada.
¿Un tertuliano en ciernes para siempre? ¿Cuándo la profesionalidad de la tertulia llamará a las robustas puertas de mi esperanza y constancia?



2 Comments:
Ja Ja Ja Ja! Muy buenos tus posts, me han encantado, pero echo de menos a María Antonia Iglesias, que es la tertuliana más parecida a Jabba El Hut, con maquillaje o sin él. Le deseo larga vida a tu blog y que logres tu sueño de ser tertuliano y desplaces a J-Lo (Federico from the block). Saludos.
Muchas gracias, Angela, por el comentario. Y sí, la de dinero que se hubieran ahorrado en maquillaje conociendo a María Antonia. Ah, su asusencia, la de María Jabba, es solo porque ella no es moderadora (al menos, que yo sepa), gremio superior donde los haya el de los moderadores, que deja a los tertulianos a la altura del betún, esos, los que pueden hacer callar a un tertuliano con el rayo abrasador de su mirada. Vamos, ser moderador es la repanocha, el no va más, el acabóse... Palabras mayores. Algún día habrá que hablar de ellos.
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